No leas. Mira las figuras blancas que dibujan los intervalos que separan las palabras de muchas líneas de libros, e inspírate en ellas.
Dale a los demás a guardar tu mano.
No te acuestes sobre las murallas.
Retoma la armadura que te has quitado a la edad de la razón.
Pon al orden en su lugar, desarregla las piedras del camino.
Si sangras y eres hombre, borra la última palabra del pizarrón.
Forma tus ojos cerrándolos.
Dale a los sueños que has olvidado, el valor de lo que no conoces.
He conocido tres faroleros, cinco guardabarreras mujeres, un guardabarreras hombre. ¿Y tu?
No prepares las palabras que gritas.
Habita las casas abandonadas, solo han sido habitadas por ti.
Haz un lecho de caricias a tus caricias.
Si llaman a tu puerta escribe tus últimas voluntades con la llave.
Róbale el sentido al sonido, hay tambores velados hasta en las vestiduras claras.
Canta a la gran piedad de los monstruos. Evoca a todas las mujeres paradas sobre el caballo de Troya.
No bebas agua.
Como la letra l y la letra m, hacia la mitad encontrarás el ala y la serpiente.
Habla según la locura que te ha seducido.
Vístete de colores deslumbrantes, no es lo habitual.
Lo que encuentras sólo te pertenece mientras tu mano está tendida.
Miente mordiendo el armiño de tus jueces.
Tu eres el que poda tu vida.
Cuélgate, bravo Crillon, ellos te descolgarán con su Depende.
Ata las piernas infieles.
Deja al alba atizar la herrumbre de tus sueños.
Debes saber esperar, los pies hacia adelante. Es así que saldrás próximamente bien cubierto.
Alumbra las perspectivas de la fatiga.
Vende cosas para comer, compra cosas para morirte de hambre.
Hazles la sorpresa de no confundir el futuro del verbo tener, con el pasado del verbo ser.
Sé el vidriero que engarza la piedra en el cuadrado de vidrio nuevo.
Al que pida ver el interior de tu mano, muéstrale los planetas no descubiertos en el cielo.
En el día señalado, calcularás las dimensiones encantadoras del insecto-hoja.
Para descubrir la desnudez de la que amas, mira sus manos. Su cara está inclinada.
Separa la tiza del carbón, las amapolas de la sangre.
Hazme el placer de entrar y salir en puntas de pie.
Punto y coma: ¿ves como son asombrosos aún en la puntuación?
Acuéstate, levántate y ahora acuéstate.
Hasta nueva orden, hasta nueva orden monástica, es decir, hasta que las más bellas jóvenes adopten el escote en cruz: las dos ramas horizontales descubriendo los senos, el pie de la cruz desnuda en el bajo vientre, ligeramente chamuscada.
Abstente de lo que tiene la cabeza sobre los hombros.
Regula tu marcha con la de las tormentas.
No mates nunca un pájaro de noche.
Mira la flor de la enredadera; no deja oír.
No aciertes el fin aparente cuando debieras atravesarte el corazón con la flecha.
Haz milagros para negarlos.
Ten la edad de ese viejo cuervo que dice: Veinte años.
Ten cuidado con los carreteros del buen gusto.
Dibuja en el polvo los juegos desinteresados de tu tedio.
No sujetes el tiempo de volver a empezar.
Sostiene que tu cabeza, contrariamente a las castañas de la India, carece absolutamente de peso, puesto que aún no se ha caído.
Dora con la chispa la píldora que sin eso estaría negra de fragua.
Hazte sin pestañear una idea posible de las golondrinas.
Escribe lo inmortal sobre la arena.
Corrige a tus padres.
No guardes en ti lo que no hiere el buen sentido.
Imagina que esa mujer insiste e pocas palabras y que ese monte es un remolino.
Sella las verdaderas cartas de amor que escribas con una hostia profanada.
No olvides decirle al revólver: encantado de conocerte pero me parece haberlo ya encontrado en alguna otra parte.
Las mariposas del exterior sólo buscan unirse a las mariposas del interior: no reemplaces en ti, si se llega a quebrar, un solo cristal de la linterna.
Condena lo que es puro, la pureza está condenada en ti.
Observa la luz en los espejos de los ciegos.
¿Quieres tener a la vez el más pequeño y el más inquietante libro del mundo? Haz encuadernar los sellos de tus cartas de amor y llora pues hay por qué, a pesar de todo.
No esperes nunca.
Mira bien esas dos casas: en una has muerto y en la otra has muerto.
Piensa en mí que te hablo, ponte en mi lugar al responder.
Teme pasar demasiado cerca de las colgaduras cuando estés solo y oigas que te llaman.
Retuerce con tus propias manos tu cuerpo por encima de los otros cuerpos: acepta valientemente este principio de higiene.
Sólo come pájaros en hojas: el árbol animal puede aguantar el otoño.
Tu libertad con la que me haces reír hasta las lágrimas es tu libertad.
Haz huir la niebla delante de sí misma.
Considerando que la naturaleza mortal de las cosas no te confiere un poder excepcional de duración, cuélgate de la raíz.
Deja a la almohada idiota el cuidado de despertarte.
Corta los árboles si quieres, rompe también las piedras, pero ten cuidado, ten cuidado con la luz lívida de la utilidad.
Si te miras con un ojo, cierra el otro.
No anules los rayos rojos del sol.
Tomas la tercera calle a la derecha, después la primera a la izquierda, llegas a una plaza, das vuelta cerca del café que sabes, tomas la primer calle a la izquierda, después la tercer calle a la derecha, derribas tu estatua y ahí te quedas.
Sin saber que harás con él, recoge el abanico que ha dejado caer esa mujer.
Llama a la puerta, grita adelante y no entres.
No tienes nada que hacer antes de morir.